Hace unos días escuché en un programa de radio la entrevista que hacían a una psicóloga de “renombre”. La dama satanizaba categóricamente y sin excepciones los apodos y sobrenombres en los niños y adolescentes, argumentando que generaban problemas para la madurez, la seguridad y la construcción de la identidad del individuo (palabras más, palabras menos). Deben saber ustedes que toda la vida he vivido con un apodo... está bien, exageré: tengo 35 años viviendo con un apodo. Según la señorita psicóloga hoy día debo ser un cuarentón inmaduro, con problemas de identidad y de seguridad para enfrentarme a la vida. Sus comentarios me dejaron un poco preocupado, pero pronto vinieron a mi mente Edu y Sugus, personas cercanísimas a mí, y el alma me volvió al cuerpo: No estaba solo. Luego recordé a algunos amigos y compañeros de mi época universitaria, y me sentí más tranquilo: Yeyo, Flash, Brody, Chino, Cebollón, Patiño, Nariz, Patrón, Chepina, Pebi, Churro. Finalmente, cuando pensé en mis amigos y conocidos de la preparatoria y anteriores, pude respirar normalmente: Tío, Fefus, Chore, Huesos, More, Cuco, Pingüino, Bongo. Ya cuando me senté a escribir, también me acordé de los amigos de mis hermanos: Buchi, Espasmo, Conejo, Oso, Chiquistriquis, Chile, y un largo etcétera. O bien somos varias generaciones de inmaduros e inseguros o, como muchas ocasiones, el mundo no se puede describir en blanco y negro.
Estoy seguro que ninguno de los nombrados arriba se siente ofendido por el apodo que tiene. Al contrario, es probable que haya olvidado mencionar alguno y eso me generará algún reclamo. Más aún, no faltará el que me diga: “Entiendo que menciones primero a tu compadre, pero que me pongas después de Chucho no se vale.” Muchos de estos apodos fueron parte de un “bautizo” social, de un ritual de iniciación para pertenecer a un grupo: aquel que llegaba de otro estado y hablaba con acento muy marcado, el otro que alguna característica física lo distinguía de los demás, ese que fue protagonista en un evento particular, muchas veces sin intención. En su momento, estos apodos nos dieron la posibilidad de ser únicos, nos generaron una identidad irrepetible: En mi vida me he cruzado con varios Memos Martínez, pero nuestro apodo (Me refiero al Chino y a un servidor) nos diferenció del resto. Al paso del tiempo, estos apodos funcionan como referencia espacio-temporal: “¿Recuerdas a fulano de tal? ¡Acuérdate! Le decíamos “El Molcas”, iba en el salón 45.”
A lo largo de mi vida he sido nombrado de muchas maneras. Hoy día, mis queridas tías todavía me dicen “Memito”, un selecto grupo de amigos de mi infancia me conocieron como “Willis”, cuando viví en Celaya fui “Memo” al igual que hoy en mi trabajo. Varios amigos de mi actual ciudad me dicen “Guille” y a mi hijo, también Guillermo, le dicen “Guillo”. Ninguno de estos diminutivos, apodos o sobrenombres me generaron inseguridad ni inmadurez (Bueno, eso digo yo. Habrá que ver que dice mi amada compañera de vida y dueña de mis quincenas… jajajaja).
Por supuesto que en el trabajo no me llaman por mi apodo: eso sería absolutamente incorrecto. Igualmente, quiero aclarar que estoy completamente en contra de la discriminación y del ahora tan nombrado “bullying”. Si nos encontramos ante cualquiera de ambas, tenemos que alzar la voz: no hay lugar a dudas. Sin embargo, crecer en un grupo social y ser investido con un “nombre de guerra”, como antaño sucedía con los caballeros de la mesa redonda, es un honor. Puede ser un poco ridículo o chistoso, pero es un honor al fin.
La vida tiene tonalidades, nunca viene en blanco y negro. Así como un sobrenombre puede ser ofensivo, les puedo afirmar que hay apodos que trascienden y forman parte de nuestra identidad. Por cierto, nunca les dije cual es mi apodo, así es que ya tenemos tema para otro día. Salud.
La nota musical:
Una de mis canciones favoritas de los 90s lleva por título precisamente el apodo de una mujer. Nunca fue necesario que el compositor nos dijera su nombre para que pudiéramos imaginar a la susodicha de pies a cabeza.
En la vida conocí mujer igual a “La Flaca”
coral negro de La Habana, tremendísima mulata.
Cien libras de piel y hueso, cuarenta kilos de salsa
y en la cara dos soles que sin palabras hablan.
Que sin palabras hablan.
…
Por un beso de “La Flaca” daría lo que fuera
por un beso de ella aunque sólo uno fuera.
Por un beso de “La Flaca” daría lo que fuera
por un beso de ella aunque sólo uno fuera.
Aunque sólo uno fuera.
“La Flaca”, Jarabe de Palo, Álbum: La Flaca, 1996
De verso en verso: Indocumentado
"Hay 11 millones de personas viviendo en las sombras”. Joe Biden, Vicepresidente de EEUU.
No es tu casa,
no es tu tierra,
no es tu gente.
Tienes techo,
tienes cama,
pan a diario.
No critico
que decides
ir pa’allá.
Si tu tierra
no te ofrece
nada más.
Twitter: @gmomtz
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Publicado el 30/07/2014 en www.antenasanluis.mx
http://antenasanluis.mx/de-apodos-y-sobrenombres/
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